lunes, 18 de octubre de 2010

Carta del Papa Benedicto XVI a los seminaristas



En la Fiesta de San Lucas el Evangelista en la conclusión del Año Sacerdotal
18 de octubre 2010

Queridos seminaristas:

En diciembre de 1944, cuando me llamaron al servicio militar, el comandante de la compañía nos preguntó a cada uno qué queríamos ser en el futuro. Respondí que quería ser sacerdote católico. El subteniente replicó: Entonces tiene usted que buscarse otra cosa. En la nueva Alemania ya no hay necesidad de curas. Yo sabía que esta "nueva Alemania" estaba llegando a su fin y, que después de las devastaciones tan enormes que aquella locura había traído al País, habría más que nunca necesidad de sacerdotes. Hoy la situación es completamente distinta. Pero también ahora hay mucha gente que, de una u otra forma, piensa que el sacerdocio católico no es una "profesión" con futuro, sino que pertenece más bien al pasado. Vosotros, queridos amigos, habéis decidido entrar en el seminario y, por tanto, os habéis puesto en camino hacia el ministerio sacerdotal en la Iglesia católica, en contra de estas objeciones y opiniones. Habéis hecho bien. Porque los hombres, también en la época del dominio tecnológico del mundo y de la globalización, seguirán teniendo necesidad de Dios, del Dios manifestado en Jesucristo y que nos reúne en la Iglesia universal, para aprender con Él y por medio de Él la vida verdadera, y tener presentes y operativos los criterios de una humanidad verdadera. Donde el hombre ya no percibe a Dios, la vida se queda vacía; todo es insuficiente. El hombre busca después refugio en el alcohol o en la violencia, que cada vez amenaza más a la juventud. Dios está vivo. Nos ha creado y, por tanto, nos conoce a todos. Es tan grande que tiene tiempo para nuestras pequeñas cosas: "Hasta los pelos de vuestra cabeza están contados". Dios está vivo, y necesita hombres que vivan para Él y que lo lleven a los demás. Sí, tiene sentido ser sacerdote: el mundo, mientras exista, necesita sacerdotes y pastores, hoy, mañana y siempre.

El seminario es una comunidad en camino hacia el servicio sacerdotal. Con esto, ya he dicho algo muy importante: no se llega a ser sacerdote solo. Hace falta la "comunidad de discípulos", el grupo de los que quieren servir a la Iglesia de todos. Con esta carta quisiera poner de relieve -mirando también hacia atrás, a mis días en el seminario- algunos elementos importantes para estos años en los que os encontráis en camino.

1. Quien quiera ser sacerdote debe ser sobre todo un "hombre de Dios", como lo describe san Pablo (1 Tm 6,11). Para nosotros, Dios no es una hipótesis lejana, no es un desconocido que se ha retirado después del "big bang". Dios se ha manifestado en Jesucristo. En el rostro de Jesucristo vemos el rostro de Dios. En sus palabras escuchamos al mismo Dios que nos habla. Por eso, lo más importante en el camino hacia el sacerdocio, y durante toda la vida sacerdotal, es la relación personal con Dios en Jesucristo. El sacerdote no es el administrador de una asociación, que intenta mantenerla e incrementar el número de sus miembros. Es el mensajero de Dios entre los hombres. Quiere llevarlos a Dios, y que así crezca la comunión entre ellos.

Por esto, queridos amigos, es tan importante que aprendáis a vivir en contacto permanente con Dios. Cuando el Señor dice: "Orad en todo momento", lógicamente no nos está pidiendo que recitemos continuamente oraciones, sino que nunca perdamos el trato interior con Dios. Ejercitarse en este trato es el sentido de nuestra oración. Por esto es importante que el día se inicie y concluya con la oración. Que escuchemos a Dios en la lectura de la Escritura. Que le contemos nuestros deseos y esperanzas, nuestras alegrías y sufrimientos, nuestros errores y nuestra gratitud por todo lo bueno y bello, y que de esta manera esté siempre ante nuestros ojos como punto de referencia en nuestra vida. Así nos hacemos más sensibles a nuestros errores y aprendemos a esforzarnos por mejorar; pero, además, nos hacemos más sensibles a todo lo hermoso y bueno que recibimos cada día como si fuera algo obvio, y crece nuestra gratitud. Y con la gratitud aumenta la alegría porque Dios está cerca de nosotros y podemos servirlo.

2. Para nosotros, Dios no es sólo una palabra. En los sacramentos, Él se nos da en persona, a través de realidades corporales. La Eucaristía es el centro de nuestra relación con Dios y de la configuración de nuestra vida. Celebrarla con participación interior y encontrar de esta manera a Cristo en persona, debe ser el centro de cada una de nuestras jornadas. San Cipriano ha interpretado la petición del Evangelio: "Danos hoy nuestro pan de cada día", diciendo, entre otras cosas, que "nuestro" pan, el pan que como cristianos recibimos en la Iglesia, es el mismo Señor Sacramentado. En la petición del Padrenuestro pedimos, por tanto, que Él nos dé cada día este pan "nuestro"; que éste sea siempre el alimento de nuestra vida. Que Cristo resucitado, que se nos da en la Eucaristía, modele de verdad toda nuestra vida con el esplendor de su amor divino. Para celebrar bien la Eucaristía, es necesario también que aprendamos a conocer, entender y amar la liturgia de la Iglesia en su expresión concreta. En la liturgia rezamos con los fieles de todos los tiempos: pasado, presente y futuro se suman a un único y gran coro de oración. Por mi experiencia personal puedo afirmar que es entusiasmante aprender a entender poco a poco cómo todo esto ha ido creciendo, cuánta experiencia de fe hay en la estructura de la liturgia de la Misa, cuántas generaciones con su oración la han ido formando.

3. También es importante el sacramento de la Penitencia. Me enseña a mirarme con los ojos de Dios, y me obliga a ser honesto conmigo mismo. Me lleva a la humildad. El Cura de Ars dijo en una ocasión: Pensáis que no tiene sentido recibir la absolución hoy, sabiendo que mañana cometeréis nuevamente los mismos pecados. Pero -nos dice- Dios mismo olvida en ese momento los pecados de mañana, para daros su gracia hoy. Aunque tengamos que combatir continuamente los mismos errores, es importante luchar contra el ofuscamiento del alma y la indiferencia que se resigna ante el hecho de que somos así. Es importante mantenerse en camino, sin ser escrupulosos, teniendo conciencia agradecida de que Dios siempre está dispuesto al perdón. Pero también sin la indiferencia, que nos hace abandonar la lucha por la santidad y la superación. Cuando recibo el perdón, aprendo también a perdonar a los demás. Reconociendo mi miseria, llego también a ser más tolerante y comprensivo con las debilidades del prójimo.

4. Sabed apreciar también la piedad popular, que es diferente en las diversas culturas, pero que a fin de cuentas es también muy parecida, pues el corazón del hombre después de todo es el mismo. Es cierto que la piedad popular puede derivar hacia lo irracional y quizás también quedarse en lo externo. Sin embargo, excluirla es completamente erróneo. A través de ella, la fe ha entrado en el corazón de los hombres, formando parte de sus sentimientos, costumbres, sentir y vivir común. Por eso, la piedad popular es un gran patrimonio de la Iglesia. La fe se ha hecho carne y sangre. Ciertamente, la piedad popular tiene siempre que purificarse y apuntar al centro, pero merece todo nuestro aprecio, y hace que nosotros mismos nos integremos plenamente en el "Pueblo de Dios".

5. El tiempo en el seminario es también, y sobre todo, tiempo de estudio. La fe cristiana tiene una dimensión racional e intelectual esencial. Sin esta dimensión no sería ella misma. Pablo habla de un "modelo de doctrina", a la que fuimos entregados en el bautismo (Rm 6,17). Todos conocéis las palabras de san Pedro, consideradas por los teólogos medievales como justificación de una teología racional y elaborada científicamente: "Estad siempre prontos para dar razón (logos) de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere" (1 P 3,15). Una de las tareas principales de los años de seminario es capacitaros para dar dichas razones. Os ruego encarecidamente: Estudiad con tesón. Aprovechad los años de estudio. No os arrepentiréis. Es verdad que a veces las materias de estudio parecen muy lejanas de la vida cristiana real y de la atención pastoral. Sin embargo, es un gran error plantear de entrada la cuestión en clave pragmática: ¿Me servirá esto para el futuro? ¿Me será de utilidad práctica, pastoral? Desde luego no se trata solamente de aprender las cosas meramente prácticas, sino de conocer y comprender la estructura interna de la fe en su totalidad, de manera que se convierta en una respuesta a las preguntas de los hombres, que aunque aparentemente cambian en cada generación, en el fondo son las mismas.

Por eso, es importante ir más allá de las cuestiones coyunturales para captar cuáles son precisamente las verdaderas preguntas y poder entender también así las respuestas como auténticas repuestas. Es importante conocer a fondo la Sagrada Escritura en su totalidad, en su unidad entre Antiguo y Nuevo Testamento: la formación de los textos, su peculiaridad literaria, la composición gradual de los mismos hasta formar el canon de los libros sagrados, la unidad de su dinámica interna que no se aprecia a primera vista, pero que es la única que da sentido pleno a cada uno de los textos. Es importante conocer a los Padres y los grandes Concilios, en los que la Iglesia ha asimilado, reflexionando y creyendo, las afirmaciones esenciales de la Escritura. Podría continuar en este sentido: llamamos dogmática a la comprensión de cada uno de los contenidos de la fe en su unidad, o mejor, en su simplicidad última: cada detalle particular, en definitiva, desarrolla la fe en el único Dios, que se manifestó y que sigue manifestándose. No es necesario que diga expresamente lo necesario que es estudiar las cuestiones esenciales de la teología moral y de la doctrina social de la Iglesia.

Es evidente la importancia que tiene hoy la teología ecuménica, conocer las diversas comunidades cristianas; es igualmente necesario una orientación fundamental sobre las grandes religiones y, sobre todo, la filosofía: la comprensión de la búsqueda y de las preguntas del hombre, a las que la fe quiere dar respuesta. Pero también aprended a comprender y -me atrevo a decir- a valorar el derecho canónico por su necesidad intrínseca y por su aplicación práctica: una sociedad sin derecho sería una sociedad carente de derechos. El derecho es una condición del amor. Prefiero no continuar enumerando más cosas, pero sí deseo deciros una vez más: amad el estudio de la teología y continuadlo con especial sensibilidad, para anclar la teología en la comunidad viva de la Iglesia que, con su autoridad, no es un polo opuesto a la ciencia teológica, sino su presupuesto. Sin la Iglesia que cree, la teología deja de ser ella misma y se convierte en un conjunto de disciplinas diversas sin unidad interior.

6. Los años de seminario deben ser también un periodo de maduración humana. Para el sacerdote, que deberá acompañar a otros en el camino de la vida y hasta el momento de la muerte, es importante que haya conseguido un equilibrio justo entre corazón y mente, razón y sentimiento, cuerpo y alma, y que sea humanamente "íntegro". La tradición cristiana siempre ha unido las "virtudes teologales" con las "virtudes cardinales", que brotan de la experiencia humana y de la filosofía, y ha tenido en cuenta la sana tradición ética de la humanidad. Pablo dice a los Filipenses de manera muy clara: "Finalmente, hermanos, todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable, todo lo que es virtud o mérito, tenedlo en cuenta" (4,8). En este contexto, se sitúa también la integración de la sexualidad en el conjunto de la personalidad. La sexualidad es un don del Creador, pero también una tarea que tiene que ver con el desarrollo del ser humano. Cuando no se integra en la persona, la sexualidad se convierte en algo banal y destructivo. En nuestra sociedad actual se ven muchos ejemplos de esto.

Recientemente, hemos constatado con gran dolor que algunos sacerdotes han desfigurado su ministerio al abusar sexualmente de niños y jóvenes. En lugar de llevar a las personas a una madurez humana y ser un ejemplo para ellos, han provocado con sus abusos un daño que nos causa profundo dolor y disgusto. Debido a todo esto, muchos podrán preguntarse, quizás también vosotros, si vale la pena ser sacerdote; si es sensato encaminar la vida por el celibato. Sin embargo, estos abusos, que son absolutamente reprobables, no pueden desacreditar la misión sacerdotal, que conserva toda su grandeza y dignidad. Gracias a Dios, todos conocemos sacerdotes convincentes, forjados por su fe, que dan testimonio de cómo en este estado, en la vida celibataria, se puede vivir una humanidad auténtica, pura y madura. Pero lo que ha ocurrido, nos debe hacer más vigilantes y atentos, examinándonos cuidadosamente a nosotros mismos, delante de Dios, en el camino hacia el sacerdocio, para ver si es ésta su voluntad para mí. Es tarea de los confesores y de vuestros superiores acompañaros y ayudaros en este proceso de discernimiento. Un elemento esencial de vuestro camino es practicar las virtudes humanas fundamentales, con la mirada puesta en Dios manifestado en Cristo, dejándonos purificar por Él continuamente.

7. En la actualidad, los comienzos de la vocación sacerdotal son más variados y diversos que en el pasado. Con frecuencia, se toma la decisión por el sacerdocio en el ejercicio de alguna profesión secular. A menudo, surge en las comunidades, especialmente en los movimientos, que propician un encuentro comunitario con Cristo y con su Iglesia, una experiencia espiritual y la alegría en el servicio de la fe. La decisión también madura en encuentros totalmente personales con la grandeza y la miseria del ser humano. De este modo, los candidatos al sacerdocio proceden con frecuencia de ámbitos espirituales completamente diversos. Puede que sea difícil reconocer los elementos comunes del futuro enviado y de su itinerario espiritual. Precisamente, por eso, el seminario es importante como comunidad en camino por encima de las diversas formas de espiritualidad. Los movimientos son una cosa magnífica. Sabéis bien cuánto los aprecio y quiero como don del Espíritu Santo a la Iglesia. Sin embargo, se han de valorar según su apertura a la común realidad católica, a la vida de la única y común Iglesia de Cristo, que en su diversidad es, en definitiva, una sola.

El seminario es el periodo en el que uno aprende con los otros y de los otros. En la convivencia, quizás a veces difícil, debéis asimilar la generosidad y la tolerancia, no simplemente soportándoos mutuamente, sino enriqueciéndoos unos a otros, de modo que cada uno pueda aportar sus cualidades particulares al conjunto, mientras todos servís a la misma Iglesia, al mismo Señor. Ser escuela de tolerancia, más aún, de aceptarse y comprenderse en la unidad del Cuerpo de Cristo, es otro elemento importante de los años de seminario.

Queridos seminaristas, con estas líneas he querido mostraros lo mucho que pienso en vosotros, especialmente en estos tiempos difíciles, y lo cerca que os tengo en la oración. Rezad también por mí, para que pueda desempeñar bien mi servicio, hasta que el Señor quiera. Confío vuestro camino de preparación al sacerdocio a la maternal protección de María Santísima, cuya casa fue escuela de bien y de gracia. A todos os bendiga Dios omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Vaticano, 18 de octubre de 2010, Fiesta de San Lucas, evangelista.

Vuestro en el Señor

BENEDICTUS PP. XVI

domingo, 17 de octubre de 2010

San Ignacio de Antioquía (17 de octubre)



Catequesis de S.S Benedicto XVI
14 de marzo de 2007, sala Pablo VI

Queridos hermanos y hermanas: 

Como hicimos ya el miércoles pasado, hablamos de las personalidades de la Iglesia primitiva. La semana pasada hablamos del Papa Clemente I, tercer Sucesor de san Pedro. Hoy hablamos de san Ignacio, que fue el tercer obispo de Antioquía, del año 70 al 107, fecha de su martirio. En aquel tiempo Roma, Alejandría y Antioquía eran las tres grandes metrópolis del imperio romano. El concilio de Nicea habla de tres "primados":  el de Roma, pero también Alejandría y Antioquía participan, en cierto sentido, en un "primado".
San Ignacio era obispo de Antioquía, que hoy se encuentra en Turquía. Allí, en Antioquía, como sabemos por los Hechos de los Apóstoles, surgió una comunidad cristiana floreciente:  su primer obispo fue el apóstol san Pedro —así nos lo dice la tradición— y allí "por primera vez los discípulos recibieron el nombre de cristianos" (Hch 11, 26). Eusebio de Cesarea, un historiador del siglo IV, dedica un capítulo entero de su Historia eclesiástica a la vida y a la obra literaria de san Ignacio (III, 3). "Desde Siria —escribe— Ignacio fue enviado a Roma para ser arrojado como alimento a las fieras, a causa del testimonio que dio de Cristo. Al realizar su viaje por Asia, bajo la custodia severa de los guardias" (que él, en su Carta a los Romanos, V, 1, llama "diez leopardos"), "en cada una de las ciudades por donde pasaba, con predicaciones y exhortaciones, iba consolidando las Iglesias; sobre todo exhortaba, con gran ardor, a guardarse de las herejías que ya entonces comenzaban a pulular, y les recomendaba que no se apartaran de la tradición apostólica".

La primera etapa del viaje de san Ignacio hacia el martirio fue la ciudad de Esmirna, donde era obispo san Policarpo, discípulo de san Juan. Allí san Ignacio escribió cuatro cartas, respectivamente, a las Iglesias de Éfeso, Magnesia, Trales y Roma. "Habiendo partido de Esmirna —prosigue Eusebio— Ignacio fue a Tróada, y desde allí envió otras cartas":  dos a las Iglesias de Filadelfia y Esmirna, y una al obispo Policarpo. Eusebio completa así la lista de las cartas, que han llegado hasta nosotros como un valioso tesoro de la Iglesia del siglo I. Leyendo esos textos se percibe la lozanía de la fe de la generación que conoció a los Apóstoles. En esas cartas se percibe también el amor ardiente de un santo. Por último, desde Tróada el mártir llegó a Roma, donde, en el anfiteatro Flavio, fue dado como alimento a las bestias feroces.

Ningún Padre de la Iglesia expresó con la intensidad de san Ignacio el deseo de unión con Cristo y de vida en él. Por eso, hemos leído el pasaje evangélico de la vid, que según el Evangelio de san Juan, es Jesús. En realidad, confluyen en san Ignacio dos "corrientes" espirituales:  la de san Pablo, orientada totalmente a la unión con Cristo, y la de san Juan, concentrada en la vida en él. A su vez, estas dos corrientes desembocan en la imitación de Cristo, al que san Ignacio proclama muchas veces como "mi Dios" o "nuestro Dios".

Así, san Ignacio suplica a los cristianos de Roma que no impidan su martirio, porque está impaciente por "unirse a Jesucristo". Y explica:  "Para mí es mejor morir en (eis) Jesucristo, que ser rey de los términos de la tierra. Quiero a Aquel que murió por nosotros; quiero a Aquel que resucitó por nosotros... Permitidme ser imitador de la pasión de mi Dios" (Carta a los Romanos,VI:  Padres Apostólicos, BAC, Madrid 1993, p. 478). En esas expresiones ardientes de amor se puede percibir el notable "realismo" cristológico típico de la Iglesia de Antioquía, muy atento a la encarnación del Hijo de Dios y a su humanidad verdadera y concreta:  Jesucristo —escribe san Ignacio a los cristianos de Esmirna (I, 1)— "es realmente del linaje de David", "realmente nació de una virgen", "realmente fue clavado en la cruz por nosotros".

La irresistible orientación de san Ignacio hacia la unión con Cristo fundamenta una auténtica "mística de la unidad". Él mismo se define "un hombre al que ha sido encomendada la tarea de la unidad" (Carta a los cristianos de Filadelfia, VIII, 1).

Para san Ignacio la unidad es, ante todo, una prerrogativa de Dios, que existiendo en tres Personas es Uno en absoluta unidad. A menudo repite que Dios es unidad, y que sólo en Dios esa unidad se encuentra en estado puro y originario. La unidad que los cristianos debemos realizar en esta tierra no es más que una imitación, lo más cercana posible, del arquetipo divino.

De este modo san Ignacio llega a elaborar una visión de la Iglesia que contiene algunas expresiones muy semejantes a las de la Carta a los Corintios de san Clemente Romano. "Conviene —escribe por ejemplo a los cristianos de Éfeso— que tengáis un mismo sentir con vuestro obispo, que es justamente cosa que ya hacéis. En efecto, vuestro colegio de presbíteros, digno del nombre que lleva, digno de Dios, está tan armoniosamente concertado con su obispo como las cuerdas con la lira. (...) Por eso, con vuestra concordia y con vuestro amor sinfónico, cantáis a Jesucristo. Así, vosotros, cantáis a una en coro, para que en la sinfonía de la concordia, después de haber cogido el tono de Dios en la unidad, cantéis con una sola voz" (IV, 1-2).

Asimismo, después de recomendar a los cristianos de Esmirna que "nadie haga nada en lo que atañe a la Iglesia sin contar con el obispo" (VIII, 1), dice a san Policarpo:  "Yo me ofrezco como rescate por quienes se someten al obispo, a los presbíteros y a los diáconos. Y ojalá que con ellos se me concediera tener parte con Dios. Trabajad unos junto a otros, luchad unidos, corred a una, sufrid, dormid y despertad todos a la vez, como administradores de Dios, como sus asistentes y servidores. Tratad de agradar al Capitán bajo cuya bandera militáis y de quien habéis de recibir el sueldo. Que ninguno de vosotros sea declarado desertor. Vuestro bautismo ha de permanecer como vuestra armadura, la fe como un yelmo, la caridad como una lanza, la paciencia como un arsenal de todas las armas" (Carta a san Policarpo, VI, 1-2:  Padres Apostólicos, BAC, Madrid 1993, p. 500).

En conjunto, se puede apreciar en las Cartas de san Ignacio una especie de dialéctica constante y fecunda entre dos aspectos característicos de la vida cristiana:  por una parte, la estructura jerárquica de la comunidad eclesial; y, por otra, la unidad fundamental que vincula entre sí a todos los fieles en Cristo. En consecuencia, las funciones no se pueden contraponer. Al contrario, se insiste continuamente en la comunión de los creyentes entre sí y con sus pastores, mediante elocuentes imágenes y analogías:  la lira, las cuerdas, la entonación, el concierto, la sinfonía.

Es evidente la responsabilidad peculiar de los obispos, de los presbíteros y de los diáconos en la edificación de la comunidad. Ante todo a ellos se dirige la invitación al amor y a la unidad. "Sed uno", escribe san Ignacio a los Magnesios, remitiéndose a la oración de Jesús en la última Cena:  "Una sola oración, una sola mente, una sola esperanza en el amor... Corred todos a una a Jesucristo como al único templo de Dios, como al único altar:  él es uno, y procediendo del único Padre, ha permanecido unido a él, y a él ha vuelto en la unidad" (VII, 1-2).

En la literatura cristiana san Ignacio fue el primero en atribuir a la Iglesia el adjetivo "católica", es decir, "universal":  "Donde está Jesucristo —afirma— allí está la Iglesia católica" (Carta a los cristianos de Esmirna, VIII, 2). Y precisamente en el servicio de unidad a la Iglesia católica la comunidad cristiana de Roma ejerce una especie de primado en el amor:  "En Roma ella, digna de Dios, venerable, digna de toda bienaventuranza... preside en la caridad, que tiene la ley de Cristo y lleva el nombre del Padre" (Carta a los Romanos, prólogo).

Como se puede ver, san Ignacio es verdaderamente "el doctor de la unidad":  unidad de Dios y unidad de Cristo  (a  pesar  de  las diversas herejías que ya comenzaban a circular y separaban en Cristo la naturaleza  humana y la divina), unidad de la Iglesia, unidad de  los fieles "en la fe y en la caridad, a las que nada se puede anteponer" (Carta a los cristianos de Esmirna, VI, 1).

En definitiva, el "realismo" de san Ignacio invita a los fieles de ayer y de hoy, nos invita a todos a una síntesis progresiva entre configuración con Cristo (unión con él, vida en él) y entrega a su Iglesia (unidad con el obispo, servicio generoso a la comunidad y al mundo). Es decir, hay que llegar a una síntesis entre comunión de la Iglesia en su interior y misión-proclamación del Evangelio a los demás, hasta que una dimensión hable a través de la otra, y los creyentes estén cada vez más "en posesión del espíritu  indiviso, que es Jesucristo mismo" (Carta a los cristianos de Magnesia, XV).

Pidiendo al Señor esta "gracia de unidad", y con la convicción de presidir en la caridad a toda la Iglesia (cf. Carta a los Romanos, prólogo), os expreso a vosotros el mismo deseo con el que concluye la carta de san Ignacio a los cristianos de Trales:  "Amaos unos a otros con corazón indiviso. Mi espíritu se ofrece en sacrificio por vosotros, no sólo ahora, sino también cuando logre alcanzar a Dios... Quiera el Señor que en él os encontréis sin mancha" (XIII).

Y oremos para que el Señor nos ayude a lograr esta unidad y a encontrarnos al final sin mancha, porque es el amor el que purifica las almas.

viernes, 15 de octubre de 2010

Teología de la creación y Ecología



Por: Jesús Rafael Martínez Guerrero

Recensión de J.L. RUIZ DE LA PEÑA, «La fe en la creación y la crisis ecológica», en ID., Teología de la creación, 16 (1990), pp. 175-199.

Ruiz de la Peña, en el artículo anteriormente citado, presenta la relación que se está dando entre la fe en la creación y el ecologismo actual. Es desde este objetivo que comienza su artículo remitiendo al antiguo oráculo:

«Hoy pongo delante de ti la vida y la felicidad, la muerte y la desdicha […] Pero si tu corazón se desvía y no escuchas […], yo les anuncio hoy que ustedes se perderán irremediablemente, y no vivirán mucho tiempo en la tierra […] Elige la vida, y vivirás, tú y tus descendientes […] Porque de ello depende tu vida y tu larga permanencia en la tierra […]» (Dt. 30, 15-20).

En él se ve una actualidad increíble –aunque sea por causas diferentes–, debido al hecho de que la humanidad se cuestione la realidad del mundo y el futuro del hombre. Causa por la cual, la reflexión teológica se interese por dicho debate respecto del ecologismo. Será desde aquí que el autor, presente la cuestión entre Teología y Ecologismo en tres apartados que se exponen a continuación.

1. La intervención de la teología en el diálogo sobre la ecología. Primeramente, Ruiz de la Peña muestra la crítica que hace el Ecologismo a la teología, empezando por afirmar que el primero invita al segundo a participar del debate, pues la responsabiliza en mucho de lo que sucede actualmente, y para que provoque actitudes y cambios de mentalidad a este respecto. Y es que la teología, según varios autores, ha hecho daño al hacer que se hable de la autonomía que tiene el plano espiritual sobre el plano material, ha presentado al hombre como administrador – explotador del mundo por voluntad de Dios, ha prestado escasa atención a la problemática de la ética social, presentando, en contraposición, una ética individualista, e igualmente, ha fomentado o provocado la degradación ecológica.

Para nuestro autor, tampoco se tiene derecho a convertir a la teología en el chivo expiatorio de esta historia, basados en el hecho de presentar al hombre como ser creado a imago Dei, con una cuota de antropocentrismo («arrogancia cristiana», según White) que después empapa la mentalidad de las ciencias modernas; o por la idea judeocristiana, según Amery, del señorío ilimitado del hombre sobre el mundo.

Ante estos «ataques», la teología se dedicó a buscar en la Escritura una doctrina ecologista. Los teólogos americanos echaron mano de textos bíblicos (Lv. 25,2-5; Ex. 23,12; Dt. 20, 19-ss) para argumentar una defensa a favor del medio ambiente, o para anunciar las desgracias que se avecinaban (estos texto adolecen de fundamentalismo o de concordismo). No obstante, las acusaciones, según Ruiz de la Peña, son injustas, pues, la conciencia de ser creatura debiera inducir al hombre un respecto religioso por la creación, él es administrador – tutor, y no explotador (cf. Gn. 1,28), es ayuda para conducir la creación a su plenitud, y no a su destrucción. Gn. 1,28 propone un «cuidado de la tierra», y no un señorío al estilo del Creador, que es quien le ha dado unas leyes naturales que escapan a la jurisdicción humana. Es a Dios a quien la tierra toda le pertenece (cf. Lv. 25, 23; 1Cro. 19,11; Sal 24,1). Y es que para la teología, la consumación escatológica no será sólo de la creatura humana, sino de toda la creación (cf. Is. 35, 1-10), donde el hombre gozará de una naturaleza rica y sana (cf. Is. 11, 6-9; Sab. 1, 13-14). De aquí, que las acusaciones tienen más de infundio que de realidad.

2- Los factores de la crisis. Ruiz de la Peña, expone en este apartado las causas que han llevado a la crisis del medio ambiente. Para esto, realiza un análisis de las cuatro realidades más graves:

a) la contaminación: debida a la industrialización que ha hecho del planeta un vertedero, pues, aunque el planeta está diseñado para digerir los subproductos de la actividad humana, no hay que negar que tiene una capacidad que es limitada, y más cuando los productos se incrementan en cantidad (la impresión dominical del New York Times consume un bosque de 74 hectáreas, las fábricas de Milán arrojan anualmente a la atmósfera 100 000 ton. de ácido sulfúrico, en París se arrojan diariamente 600 ton. de desechos al rio Sena) y en calidad (tóxicos, radioactivos); y según estadísticas, la cifra global de contaminación se duplica cada 14 años, más el hecho que la contaminación se reparte muy desigualmente, pues, según A. Dumas, un norteamericano contamina mil veces más que un chino, por lo que, la contaminación además de agredir a la naturaleza, agrede al hombre y de manera equitativa hasta a los que no contaminan.

b) La súper población: en los últimos 15 años la población ha incrementado en mil millones de personas, y se espera que el próximo período en duplicarse sólo sea de 35 años, cuando los anteriores fueron de un siglo, o como el último, que fue de 65 años (1900-1965).

c) Agotamiento de los recursos: las reservas de la tierra son limitadas, por tanto, la explotación a que han sido expuesto, rebajan los recursos disponibles a cifras preocupantes. Se sospecha que nos estamos quedando sin gas, y que las reservas petroleras disminuyen alarmantemente, pues el consumo de estas fuentes de energías se duplica cada 11 años. Triste es igual que los países desarrollados consumen el 82 % de los recursos naturales, cuando sólo son una cuarta parte de la población y el 40 % de la superficie terrestre (USA consume el 35 %), por lo que, la situación es desastrosa, no solo ecológicamente, sino humanamente.

d) La carrera armamentista: los arsenales nucleares tienen para destruir el planeta varias veces. Sumado a esto, el hecho que los recursos que se dedican para esto (tanto monetario como naturales y humanos) son irracionales. Los países en vías de desarrollo (deficitarios en alimentos, energía y bienes de consumo) duplican cada 6 años sus presupuestos militares. Con lo que gasta USA en armamentos al día, podría dar de comer a medio millón de niños al año.

Según Ruiz de la Peña, todos estos factores interactúan entre sí, se retroalimentan mutuamente, ya que, cada uno de ellos ejerce un efecto multiplicador sobre los restantes: aumento de la población, trae aumento de recursos naturales, y éste trae aumento de contaminación, y las tensiones generadas por este triple crecimiento llevan al crecimiento del armamentismo. La degradación ecológica es el producto resultante de la multiplicación de los cuatro factores anteriores, de aquí la necesidad que los lineamientos para hacer frente a estos factores vayan sobre todos, no sobre alguno de ellos.

La pregunta que se hace nuestro autor sobre la realidad que se vive y la que se acerca es ¿cómo es que la preocupación por la misma continúa localizada en círculos minoritarios? A lo que responde que, no puede ponerse en duda que haya una gigantesca operación de enmascaramiento de la crisis, pues el 70% de la información de los mass media de occidente es controlada y suministrada por dos agencias norteamericanas. La táctica de algunos círculos financieros ha sido la de distraer la atención con ridículos programas de «mantenga limpia la ciudad», o desacreditar cualquier voz que se levante para alertar a la ciudadanía.

3- A la búsqueda de una salida. En este apartado, Ruiz de la Peña se cuestiona si hemos llegado al no – retorno de la destrucción. Ya desde antes, 1947, C.S. Lewis presagiaba que «la conquista final del hombre es la abolición del hombre». Por esto se entiende que, unos pocos hombres dominarán toda la naturaleza y a los demás individuos, estos pocos, concentrarán el poder en sus pocas manos de tal manera que llegarán a abolir a la naturaleza, incluyendo a la humana. Por la misma línea va el pensamiento de Konrad Lorenz –reproduce el pensamiento de Lewis–, de Asimov –no existen civilizaciones avanzadas, pues ellas mismas se suicidan–, o de los cibernéticos del Club de Roma que apoyan la tesis de las catástrofes locales para evitar el desastre planetario. Otros intelectuales exageran más al proponer eliminar las ayudas económicas a países que ya no tengan salvación por el daño que causan (ejemplo sería la India por ser un país súper poblado). Por lo que se presenta la posibilidad de derrumbar el «edificio dañado» con una explosión controlada, para que así no haga más daño a sus vecinos, por lo que las bombas atómicas en esas zonas serían benevolentes. Nuestro autor, ve en estas últimas posturas un «acabemos con el hombre, antes de que el hombre acabe con la naturaleza».

Ruiz de la Peña, al analizar la situación, reconoce que el desastre ecológico puede ser atajado únicamente a partir de una instancia ética que dirija y controle los programas técnicos – científicos, que movilice a la población mundial y la motive para tomar las decisiones que la situación demanda, e incluso las medidas políticas dependerían de esta ética. Por este camino van muchos conocedores de la materia: Randers y Meadows (proponen una ética que elegirá entre el «egoísmo a corto plazo» o la «generosidad a largo plazo»), Ch. Birch (hay problemas que la ciencia y la técnica no pueden resolver, pues están al servicio del mundo opulento, por tanto, urge una ética que regule las posibilidades científicas y guie su utilización para el bien de la humanidad entera). Y es que la moral ecológica es una moral de solidaridad de la especie, es decir, que ha de guiarse por unos criterios de justicia sincrónicos (entre los contemporáneos de la misma generación) y diacrónicos (entre las generaciones presentes y las futuras).

Nuestro autor, resume tres opciones éticas para enfrentar la crisis ecológica.

a) Antropocentrismo prometeico: la ciencia ha tenido como fin primero la autocreación del hombre y la construcción del mundo, pero el fin último que se vislumbra, según se ve hoy, es la autodestrucción; ella ha asumido una tendencia: «toda profesión, salvo la ciencia, ha de ejercerse responsablemente, tiene que responder de sí ante la comunidad», y no ha de ser así, pues el científico ha de ser responsable de las acciones que comete desde el momento que las inicia y no al final, cuando el resultado esté ya presente.

b) Cosmocentrismo panvitalista: este modelo es una reacción al anterior, pues plantea un derrocamiento del antropocentrismo para colocar el cosmocentrismo, el cual está a la base de la misma existencia humana, ya que el cosmos es anterior y primario, es donde el hombre está inmerso. Esta tendencia cae en un vitalismo panteísta que, en una postura extrema, igualaría en valor a una ameba y al hombre, olvidando que sólo el hombre es imagen de Dios, y que la afirmación del ser humano, no va en detrimento o negación del valor de los demás seres.

c) Humanismo creacionista: ambas posturas anteriores devalúan al hombre (la primera por un sobrehumanismo eufórico de la civilización tecnocrática, y la segunda por un antihumanismo tácito de ciertos ecologismos), pues una mitifica al hombre y la otra a la naturaleza. En esta tercera opción, la fe cristiana introduce el «factor» Dios. Él sería la garantía frente a los excesos del antropocentrismo y del cosmocentrismo, porque si se le descarta, las otras dos alternativas alcanzarían una sola meta: victoria final de la naturaleza sobre el hombre. Dios da valor al hombre y a la naturaleza, cada uno dentro de una escala y con su valor propio, lo cual responsabiliza a cada parte.

Para Ruiz de la Peña, las primeras dos opciones sacan a Dios del problema ecológico. Tal pareciera que se quiere «tapar el hueco» con la persona de Dios dentro del problema; pero, aún cuando hay quienes no creen en Él, se debe tener en cuenta las consecuencias cuando no se admite la posibilidad del la hipótesis Dios. Es deber de la teología extraer esas consecuencias y ofrecerlas a su consideración.

Conclusión personal: el artículo de Ruiz de la Peña, merece ser clasificado de importante para la teología presente. Es justo recordar que la teología, aunque no es culpable del cómo está la situación actual respecto a la desgracia por la que pasa el medio ambiente y la naturaleza, tiene parte de responsabilidad, tal cual la tienen los gobiernos y toda instancia humana involucradas en la crisis. La teología debió ser más exigente respecto al problema por el que se pasa. Debió levantar más la voz a favor del medio ambiente, cuando se ha planteado la realidad de la libertad de la que goza el hombre. De hecho, en al artículo de Ruiz de la Peña, el tema de la libertad humana como realidad causante, en gran parte, del mal que aqueja al planeta, pasa casi desapercibido. El problema del medio ambiente es actual, nadie hace cien años atrás imaginaría tanto daño, más, no es tarde para que la teología, y los miembros de la Iglesia, comiencen a denunciar los oprobios contra la naturaleza.











































viernes, 1 de octubre de 2010

Carta de san Francisco a los gobernantes de los pueblos

A propósito de la fiesta de san Francisco de Asís (04/10/10)

Por: Leonardo Boff

Casi al final de su vida, Francisco de Asís escribió una carta abierta a los gobernantes de los pueblos. Más de mil franciscanos, venidos de todo el mundo, reunidos e mediados de octubre en Brasilia intentaron reescribirla. Aporté mi colaboración —prohibida por el obispo local— en estos términos:
«A todos los jefes de Estado y portadores de poder de este mundo, yo fray Francisco de Asís, vuestro pequeñuelo y humilde siervo, deseo Paz y Bien.
Os escribo este mensaje con el corazón en la mano y los ojos dirigidos a lo alto en súplica.
Oigo, viniendo de todas partes, dos clamores que suben hasta el cielo. Uno es el grito de la Madre Tierra, terriblemente devastada. El otro es la queja lacerante de millones y millones de hermanas y hermanos nuestros hambrientos, enfermos y excluidos, los seres más amenazados de la creación.
Es el clamor de la injusticia ecológica y de la injusticia social que implora ser escuchado urgentemente.
Mis hermanos y hermanas constituidos en poder: en nombre de aquel que se anunció como el «soberano amante de la vida» (Sabiduría 11,26) os suplico: hagamos una alianza global en pro de la Tierra y de la vida.
Tenemos poco tiempo, y nos falta sabiduría. La rueda del calentamiento global del Planeta está girando y ya no podemos detenerla. Pero podemos disminuir su velocidad e impedir sus efectos catastróficos.
No queremos que nuestra Madre Tierra, para salvar otras vidas amenazadas por nosotros, se vea obligada a excluirnos de su propio cuerpo y de la comunidad de los seres vivos.
Durante demasiado tiempo nos hemos comportado como un Satán, explotando y devastando los ecosistemas, cuando nuestra vocación es ser el Ángel Bueno, el Cuidador y el Guardián de todo lo que existe y vive.
Por eso, mis señoras y mis señores, os aconsejo firmemente que penséis no solamente en el desarrollo sostenible de vuestras regiones, os aconsejo que penséis en el Planeta como un todo, como la única Casa Común que tenemos para vivir, para que siga teniendo vitalidad e integridad y preserve las condiciones para nuestra existencia y para la de toda la comunidad terrenal.
La tecnociencia que ayudó a destruir, puede ayudarnos a rescatar. Y será salvadora si la razón viene acompañada de sensibilidad, de corazón, de compasión y de reverencia.
Os advierto humildemente, hermanas y hermanos míos, que si no hacéis esta alianza sagrada de cuidado y hermandad universal, deberéis rendir cuentas ante el tribunal de la humanidad y enfrentaros al Juicio del Señor de la historia.
Queremos que nuestro tiempo sea recordado como un tiempo de responsabilidad colectiva y de cuidado amoroso con la Madre Tierra y con toda la vida.
Finalmente, hermanos y hermanas, modeladores y modeladoras de nuestro futuro común: recordad que la Tierra no nos pertenece. Nosotros le pertenecemos a ella, que nos gestó como hijas e hijos queridos. Cuesta aceptar que después de tantos millones y millones de años sobre este planeta esplendoroso, tengamos que ser expulsados de él.
Por la iluminación que me viene de lo Alto, presiento que no estamos ante una tragedia de final desastroso. Estamos dentro de una crisis que nos acrisolará, nos purificará y nos hará mejores. La vida está llamada a la vida. Nacidos del polvo de las estrellas, el Señor del universo nos creó para brillar y cantar la belleza, la majestad y la grandeza de la Creación que es el espacio del Espíritu y el templo de la Santísima Trinidad, del Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Si observáis todo esto que Dios me ha inspirado y os he comunicado en breves palabras, os aseguro que la Tierra volverá nuevamente a ser el Jardín del Edén y nosotros sus dedicados jardineros y cuidadores».
Firmado: F. de Asís.

Cfr. http://www.servicioskoinonia.org/boff/articulo.php?num=300.


El antigénesis



Por: Emilio L. Mazariegos

... Al final de los tiempos existía la tierra, rica y hermosa.
El hombre vivió en los campos y en las praderas con los árboles de la tierra.
El hombre dijo:
"Hagamos nuestras residencias en estos lugares tan bonitos"
Y construyó, pues, ciudades de cemento armado y de acero. Y las praderas desaparecieron.
El hombre vio que eso era bueno.
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El segundo día, el hombre contempló el agua de la tierra
y dijo: "arrojemos nuestros desperdicios y basuras al agua
para deshacernos de la suciedad"
Y el hombre lo hizo así.
Y las aguas poco a poco aparecieron sucios y con el olor fétido.
Y el hombre vio que eso era bueno.
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El tercer día, el hombre se fijó en los bosques de la tierra.
Y dijo: "cortemos los árboles para construir cosas
y convirtámoslos en pasta para hacer diarios"
Y lo hizo así los paisajes dejaron de ser verdes
y los árboles dejaron de existir.
Y el hombre vio que eso era bueno.
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El cuarto día, el hombre advirtió que había muchos animales
y que las crías jugaban al sol y corrían por las praderas.
Y el hombre dijo: "Pongamos estos animales en jaulas
para divertirnos y juguemos a matarlos".
Y así lo hizo.
Y no hubo más animales sobre la capa de la tierra.
Y el hombre vio que todo eso era bueno.
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El quinto día, el hombre respiró (agradablemente) el aire de la tierra.
Y dijo: "lancemos al aire los gases de las fábricas y el viento los llevará".
El aire se cargó de polvo y todas los criaturas vivas murieron asfixiadas o carbonizados.
El hombre vio que eso era bueno.
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El sexto día, el hombre se fijó en sí mismo y,
viendo la diversidad de lenguas y de idiomas de la tierra,
tuvo miedo y se puso a quitarlos.
Y dijo: "construyamos armas poderosas y destruyamos a los otros
antes de que los otros nos destruyan".
El hombre construyó extraños artefactos
y la tierra terminó calcinada por las grandes guerras.
Y el hombre vio que era bueno que ocurriera así.
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El séptimo día el hombre descansó de tanto trabajo hecho
y lo tierra quedó tranquila.
Porque el hombre no habitaba ya en la tierra.
Y esto resultó bueno.

La fe Isrelítica en el Dios Creador


El problema teológico de la fe en la creación en el Antiguo Testamento[1]

Por: J. Marcos García Agustince

Se sabe que la fe israelítica está fundamentalmente basada en la salvación; esta fe es expresada históricamente en la alianza de Yahvé con su pueblo. Sin embargo, no se puede negar que la creación, a través de las tradiciones que la transmiten, sea un elemento importante en el mundo teológico veterotestamentario; pero también es cierto que la reflexión teológica veterotestamentaria se ha focalizado en la fe salvífica. Ante esta disyuntiva G. von Rad se propone responder al «cómo hay que definir la relación teológica de esa fe, predominantemente salvífica y electiva con respecto a la fe en la creación, que también esta atestiguada en el AT»[2]. Para lograr este objetivo general el autor se basa de dos momentos importantes, a saber:
1.        De los testimonios de la fe en la creación, tanto de la tradición sapiencial (salterio) como de la tradición profética (II Isaías).
2.        Dilucidar sobre las posibles influencias culturales externas en la conformación de la fe creacional israelítica.
En lo referente a los testimonios sapienciales y proféticos se pueden ubicar dos tipos de textos:
a)        Aquellos que yuxtaponen la fe creacional con la fe salvífica, pero pareciera que no poseen alguna vinculación entre ellas, sobre todo en la tradición sapiencial (cfr. Sal 8; 33; 89; 136,5-10; 148). Cosa semejante sucede en la tradición profética, aunque los textos dejan claro que para poder entender el poder salvífico de Yahvé, antes es necesario contemplar su poder creacional, dando la impresión de que la segunda está al servicio de la primera para fundamentarla (cfr. Is 40,27-28; 42,5); más aún, el Deutero-Isaías yuxtapone ambas creencias que pareciera las llega a identificar en un solo acto de Yahvé (cfr. Is 43,1; 42,9.24; 44,24b-28; 48,6; 51,9-10; 54,5).
b)        Aquellos textos que hablan de la fe en la creación en sí misma y no en dependencia al acontecimiento histórico-salvífico. En la tradición sapiencial se encuentran aquellos salmos que hablan de la creación como cualificada para dar testimonio de Yahvé (cfr. Sal 19; 104).
Sin embargo, en estas últimas referencias la idea es única, lo que obliga a preguntarse sobre su origen.
Según los estudios bíblicos, el Sal 19 tiene influencias de un himno cananeo, que fue asimilado por la fe yahvista; de igual manera sucedió con el Sal 104 respecto del himno de Atón. Esto demuestra que la corriente yahvista, que no estaba presionada por un sistema teológico, adoptó los elementos de las culturas circunvecinas que mejor se adecuaban a su profesión de fe, en este caso, en la creación. Además de los salmos, se encuentra en Prov 17,5 una idea en la cual, el Dios creador, parece tener influencia del pensamiento egipcio. Quizá esta influencia exterior provenga de un sabio escriba.
Finalmente, el texto deja en claro que la fe israelítica en la creación es dependiente de la fe en la salvación concretizada en la alianza. Ciertamente el autor ha escogido aquellos textos que habla de manera explícita sobre la creación, tanto en los sapienciales como en la tradición profética, pero considero que en cuanto a esta última no desarrolla las posibles influencias que haya tenido de las culturas exteriores, no así con los sapienciales.


[1] Cfr. G. von Rad, «El problema teológico de la fe en la creación en el AT», en: Id., Estudios sobre el AT, pp. 129-139.
[2] Ibídem, p. 129.

El poema del Gilgamesh (introducción)


La epopeya de Gilgamesh es una narración sobre las aventuras de Gilgamesh y su amigo Enkidu en tablillas de arcilla y escritura cuneiforme, de origen sumerio y considerada como la narración escrita más antigua de la historia. Una de las tablillas hace referencia al episodio de la Biblia sobre el diluvio. Las doce tablas indican un orden astrológico de la obra. Las aventuras para matar al gigante Khumbaba, el descenso a los infiernos y la relación entre dioses semidioses (Gilgamesh) y personas le dan un claro origen prehelenístico.

La epopeya fue transcrita para el Rey Ashurbanipal de Nínive, quién trató de coleccionar copia de todos los documentos escritos del mundo por él conocido. Hacia el año 612 a.C., Nínive fue destruida por invasores y sólo fue ubicada nuevamente hacia 1845 por el explorador británico Austen Henry Layard, cerca de Mosul, en Iraq.

Del contenido de su biblioteca, actualmente se conserva una pequeña fracción, compuesta por 25.000 tabletas, depositadas en el Museo Británico, donde fueron traducidas por George Smith a partir de 1872. Más recientemente, en 1984, se tradujo el poema con la participación del escritor John Gardner.

El poema cuenta la historia de las aventuras del Rey Gilgamesh de Uruk que debió gobernar hacia el año 2500 a.C. El poema fue escrito muy posteriormente a su reinado, en base a las tradiciones orales y leyendas sumerias.

De las doce tablillas sobre Gilgamesh, once conforman el poema, probablemente escrito hacia la primera mitad del II milenio a.C. y la última representa una narración de origen independiente, sobre el mismo rey, más reciente que las anteriores, hacia el final del I milenio a.C.